En los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, mientras el mundo se desmoronaba bajo las bombas, los científicos nazis trabajaban en proyectos que parecían salidos de una novela de ciencia ficción. Uno de ellos, el más misterioso de todos, sería recordado con un nombre tan simple como inquietante: Die Glocke, “La Campana”.
A diferencia de los cohetes V-2 o los aviones a reacción —tecnologías comprobadas que realmente existieron—, la Campana se mueve en el terreno de lo oculto, lo imposible… y lo prohibido. Un artefacto que, según algunos testigos, desafiaba la gravedad, generaba radiación letal y podría haber abierto una puerta en el tiempo.
El proyecto secreto dentro de “Der Riese”, el Gigante
Entre 1943 y 1945, en las profundidades de las montañas Owl, en la región de Baja Silesia (actual Polonia), los nazis construyeron un complejo subterráneo conocido como Der Riese (“El Gigante”). Este conjunto de túneles y laboratorios fue edificado por prisioneros soviéticos y polacos bajo la vigilancia de las temidas SS.
Allí, bajo toneladas de roca, habría nacido el proyecto Die Glocke.
El artefacto medía unos cinco metros de alto por tres de ancho, y estaba fabricado con un metal extremadamente pesado, sujeto al suelo con gruesas cadenas. En su interior, dos cilindros giraban en direcciones opuestas conteniendo un misterioso líquido metálico llamado Xerum 525, similar al mercurio pero altamente radiactivo.
Cada vez que el dispositivo se activaba, emitía un resplandor violeta y un zumbido grave. Se dice que muchos de los científicos que participaron en las pruebas murieron poco después de cáncer.
¿Una máquina antigravitatoria… o algo más?
Según las versiones más extendidas, Die Glocke era un motor antigravitacional experimental, una supuesta “arma maravillosa” o Wunderwaffe con la que Hitler soñaba cambiar el curso de la guerra.
El funcionamiento era tan inusual que algunos investigadores modernos creen que el artefacto podía generar un campo de energía que alteraba el espacio y el tiempo. En documentos encontrados tras la guerra, se hallaron los nombres en clave Kronos (“tiempo”) y Lanternträger (“portador de luz”), acompañados de referencias crípticas a una Puerta Temporal.
Si esto fuera cierto, los nazis habrían estado intentando construir una máquina del tiempo o un portal dimensional, una idea que, aunque parece descabellada, encaja con la obsesión de la Alemania nazi por el ocultismo y las teorías pseudocientíficas.
El misterio del “Xerum 525”
Uno de los elementos más enigmáticos del proyecto es el Xerum 525, descrito como un líquido denso, brillante y de tono púrpura, contenido en cilindros protegidos por una cubierta de plomo. Algunos investigadores sostienen que podría haber sido una forma de mercurio rojo, una sustancia hipotética que —según teorías modernas— podría liberar una enorme cantidad de energía nuclear.
De ser cierto, esto explicaría las muertes por radiación y el interés del alto mando nazi en mantener el proyecto en secreto absoluto.
El cerebro detrás del proyecto: Hans Kammler
El desarrollo de Die Glocke fue dirigido por Hans Kammler, un general de las SS y uno de los ingenieros más poderosos del Tercer Reich. Kammler también supervisó la construcción de los misiles V-2 y las instalaciones subterráneas de Peenemünde.
Su destino es un misterio tan grande como el de la Campana misma. Desapareció en 1945, justo cuando los soviéticos se acercaban a la región donde se encontraba Der Riese. Algunos informes sostienen que escapó hacia América del Sur, mientras que otros aseguran que fue capturado por los Estados Unidos dentro de la famosa Operación Paperclip, que reclutó científicos nazis para trabajar en proyectos espaciales secretos.
De Alemania a Kecksburg: ¿la Campana reapareció en 1965?
El 9 de diciembre de 1965, algo cayó del cielo cerca de Kecksburg, Pensilvania.
El objeto, descrito por los testigos como una campana metálica con extrañas inscripciones, fue rápidamente confiscado por el ejército estadounidense. Los habitantes de la zona aseguraron haber visto camiones militares trasladando el artefacto cubierto por lonas, mientras las autoridades negaban todo.
Décadas más tarde, ufólogos y teóricos de la conspiración vincularon el OVNI de Kecksburg con Die Glocke, sugiriendo que el misterioso aparato nazi podría haber sido transportado secretamente a Estados Unidos después de la guerra, y que su tecnología habría sido utilizada en los primeros experimentos antigravitatorios de la NASA.
La sombra del silencio
Cuando las tropas soviéticas llegaron a Ludwigsdorf (hoy Ludwikowice), el oficial Karl Sporrenberg, por orden directa de Hitler, ejecutó a los 62 científicos que trabajaban en el proyecto para evitar que cayeran en manos enemigas. Fue juzgado por crímenes de guerra años después, pero nunca reveló el paradero final de Die Glocke.
Algunos documentos mencionan que el artefacto fue trasladado a Noruega, otros apuntan a Argentina o Chile, donde los nazis instalaron múltiples refugios tras la derrota. Incluso hay quienes aseguran que la Campana podría estar sumergida en alguna base oculta bajo el hielo de la Antártida.
La máquina del tiempo del Tercer Reich
Más allá de las teorías, el mito de Die Glocke encierra una idea poderosa:
que los nazis, obsesionados con el poder absoluto, buscaron manipular el tiempo mismo. Si este proyecto realmente funcionó, su descubrimiento podría haber cambiado la historia… o crear nuevas líneas temporales donde el resultado de la guerra fue diferente.
Hasta hoy, los túneles de Der Riese permanecen en pie, algunos abiertos al público, otros cerrados por razones “de seguridad”. Pero los exploradores que han entrado afirman sentir una energía extraña, un zumbido metálico y una sensación de distorsión, como si el tiempo allí no fluyera igual que afuera.
¿Qué fue realmente Die Glocke?
¿Una máquina antigravedad?
¿Un reactor experimental?
¿Una máquina del tiempo?
O simplemente una historia fabricada para alimentar el mito del poder nazi.
La respuesta, tal vez, sigue escondida bajo las montañas polacas… o en algún hangar secreto en territorio estadounidense.
Porque, como toda buena historia de conspiración, la verdad no desaparece: solo cambia de dimensión.





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